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Los Borbón se establecieron en Nápoles
en 1734, en un momento en que la corte francesa había introducido
en la cultura europea el culto a la "ligereza", a la "joie
de vivre": amor por el lujo y el vivir confortable, alegrado por
placeres intelectuales como música, poesía y literatura.
Hasta las ciencias se desarrollan al amparo de las cortes.
También en el Reino de las Dos Sicilias las moradas suntuosas,
las "galanterías" y los objetos hechos con materiales
preciosos y cotizados, finas facturas refinadas en cerámica o porcelana,
sedas y tejidos preciosos, se convirtieron en el necesario escenario de
las cortes y de los círculos reunidos en nombre de la poesía
(es el período de la Arcadia) o de la música (Nápoles
segunda ciudad europea por población durante todo el siglo, es
también una de las capitales de la música barroca, y allí
se realizó en 1737, en tan solo ocho meses, el Teatro San Carlo,
el más antiguo teatro en función en Europa).
Para darle a Nápoles la imagen de un verdadera, pomposa capital
europea, Carlos pone en marcha una política de renovación
de las moradas reales, también llamando a artistas y artesanos
extranjeros. Funda la manufactura de porcelanas gracias a artistas de
Dresde; hace llegar tapiceros de la escuela florentina; desarrolla, en
'talleres', la producción del oro y la plata, de las piedras duras,
de la madera yla fusión del bronce; en fin llama a corte a los
mejores ceramistas del Reino, sobre todo de Cerreto Sannita y San Lorenzello,
para fundar la" Real Fabbrica di Faenza San Carlo di Caserta ".
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Ambos centros tienen origen medieval, aunque se
suele remontar el origen de Cerreto Sannita
al antiguo Cominum Cerritum recordado por Tito Livio. Ambos han sido afectados
por varios terremotos, en particular tras el más violento de 1688.
La destrucción de Cerreto fue tan grande que impuso una reconstrucción
total, con un plan de urbanización y nuevas reglas antisísmicas
extremadamente interesantes y actuales: una planta planimétrica
ortogonal, con anchas calles principales y edificios bajos para minimizar
los efectos telúricos, adoptando tretas particulares
como la de los antepechos partidos para programar las deformaciones de
las construcciones.
Entre los edificios sagrados resaltan la Catedral de la SS. Trinità,
el parroquial de S. Martino y la Iglesia de S. Gennaro. Fuera de la ciudad,
hay que señalar los restos de la "Tintorería Ducal"
y el "Puente de Aníbal."
Las tiendas artesanas transmiten desde el siglo XIV el verdadero arte
cerretese, la cerámica. Grandes maestros como Russo y Nicola Giustiniani,
promovieron la creación de la "Escuela de las Mayólicas
de Cerreto" en la que se formaron grandes familias de ceramistas
y se produjeron muchas creaciones exportadas hacia el Sur. El "Museo
de la Cerámica", (cerca del edificio del Ayuntamiento) testimonia
todavía el desarrollo de aquel arte en los siglos.
Sin embargo, Nicola Giustiniani nació en San
Lorenzello, pintoresco país en las riberas del torrente
Titerno, que no ha perdido su carácter tradicional y dieciochesco.
De gran interés la Congregación de S. Maria della Sanità
cuyo suelo, con friso de decoración grutesca, reconduce al siglo
XVIII, el período más feliz de la cerámica laurentina.
Herramientas populares, estatuas y piezas preciosas con temas de inspiración
religiosa, paisajes y personajes alegóricos, decorados con típicos
colores calientes y mediterráneos aún se producen en las
tiendas del casco antiguo. Cerca de la plaza Umberto, hay que señalar
la Iglesia de San Lorenzo Martire, reconstruida después de 1885
y una apreciable fuente de piedra con una estatua de bronce, no muy lejos
del Edificio Massone, en ejemplar estado de conservación. Los grandes
programas edilicios de Carlos procedían de la dúplice exigencia
de representación simbólica del nuevo poder monárquico,
y de solución rápida del problema del gran número
de parados, herencia de las pésimas condiciones de vida en el Reino
al final de las dominaciones extranjeras: el sector de la construcción
ha sido siempre una solución segura para las economías débiles.
Por esta razón, se adquirieron terrenos que se destinaron a fincas
de caza - actividad considerada casi como una función de Estado,
más bien, un indispensable descanso de las fatigas de gobernar
- se mejoraron los caminos de acceso y se importaron animales selectos
para repoblar la caza.
Motivos políticos y militares, pero sobre todo de prestigio internacional,
empujaron a la construcción del Palacio real en Caserta,
para instalar una nueva capital diferente y lejana de Nápoles tal
como Versailles de París: igualmente suntuosa y ricamente decorada
pero con algo más: la función administrativa (que nunca
fue desempeñada). Tras la adquisición del feudo de Caserta
de los Acquaviva, se comenzaron las obras el 20 de enero de 1752 bajo
la dirección del arquitecto de origen holandés Luigi Vanvitelli.
El resultado es un imponente, suntuoso y pomposo edificio: la planta rectangular,
que se desarrolla por mt. 247 de largo, mt.190 de profundidad y mt.41
de altura total; a su interior unas 1200 habitaciones con 1742 ventanas,
de las que 245 en fachada. 
Se entra por una gran plaza semicircular y desde el vestíbulo inferior
(donde se halla la estatua de Hércules latino) se sube por una
escalera monumental diseñda para constituir una especie de teatro
perfectamente acústico: una orquesta acogía alegre la llegada
del Soberano sin que fuera visible.
El zaguán superior es el centro de todo el edificio, equidistante
del poder regio (la estatua de la Maestà Regia sentada sobre un
león sirve para infundir temor reverencial) y el poder religioso
(el altar de la Capilla Palatina). Las habitaciones del primer piso comprendían
los apartamentos de relaciones públicas y los privados de los reales;
el resto del edificio hospedó ministerios, cuarteles y alojamientos
para el personal.
Se suele dividir el apartamento histórico en dos partes, según
la datación de los entornos: el Apartamento Viejo, realizado por
Carlo Vanvitelli entre el fin de los años '70 y 1790, siguiendo
las disposiciones del padre, Luigi, pero con evidentes influjos rococó
y aquél del siglo XIX, comisionado a partir del período
francés.
En los Apartamentos se pueden encontrar objetos y decoraciones producidas
por las varias manufacturas desarrolladas por los Borbón. Sus paredes
sirvieron, en los planes de Fernando IV, también para enseñar
las bellezas y la potencia del Reino: acogen, en efecto, cuadros en los
que Jacob Philipp Hackert, pintor de corte, reproduce los panoramas más
representativos de los puertos del Reino y los de los Sitios Reales borbónicos.
El Teatrino de Corte, inaugurado con ocasión de la bodas entre
Ferdinando IV y María Carolina de Habsburgo, mantiene todavía
sus formas dieciochescas con la particularidad que el fondo del escenario
tiene la posibilidad de abrirse hacia el parque.
Como todos los grandes palacios reales europeos, también Caserta
da gran importancia a su Parque: 120 hectáreas de terreno diseñadas
por Luigi Vanvitelli pero realizadas por el hijo Carlo, según el
estilo del "jardín" a la italiana. El Parque representó
el momento de máxima diversión para el Rey, con bosques,
claros, paseos, una sucesión de fuentes y viveros de peces que
llegan hasta la gran cascada cuya agua llega de un acueducto realizado
de propósito, sobre el modelo de aquellos de la antigua Roma. En
las vecindades del Palacio real, a la izquierda, se articulan largos paseos
por el Bosque Viejo hasta el Vivero de peces, un gran embalse de agua
en cuyo centro una islita rica en vegetación fue concebida como
una "sala de conversación" para el joven Rey Fernando.
Un carácter totalmente distinto tiene en cambio el Jardín
inglés, en las vecindades de la cascada. Iniciado en 1785 por voluntad
de la Reina María Carolina y casi en contraposición con
el gran Parque, ya no respeta la simetría neoclásica y las
rígidas geometrías, sino prefiere la casualidad romántica
de sendas sinuosas, repentinas perspectivas y claros poblados de estatuas
antiguas y plantas, según el gusto inglés de los primeros
años del siglo XVIII, del que el jardín de Caserta representa
uno de los primeros ejemplos en Italia.
La mejor forma de ver las calles y los monumentos de la ciudad de Caserta
es justo la de seguir "las huellas borbónicas". El centro
se extiende al este del Palacio real. Saliendo del Palacio hacia la izquierda,
a lo largo del Curso Trieste, en el n.13, una lápida recuerda el
lugar en que vivió y murió Luigi Vanvitelli; en la comercial
calle Mazzini se
halla la Iglesia de S. Sebastiano, también realizada por Vanvitelli
en formas simples. Se llega pues en plaza Vanvitelli, dominada por la
presencia del Palazzo Vecchio, que los Reales usaron para controlar personalmente
la obra del Palacio real, y que J. P. Hackert utilizó como taller.
En los jardines de la plaza está el monumento dedicado al arquitecto
del siglo XIX. Más allá se halla la Catedral (1822) diseñada
por G. Patturelli, cuyo proyecto noble pero un poco frío refleja
las tendencias estilísticas del período, a caballo de tardo
rococò, neoclasicismo y neogótico.
La construcción del Palacio real desplazó hacia la llanura
el centro de los negocios de la zona, mientras en el Monte Virgo perdió
cada vez más importancia el centro preexistente, que fue llamado
más tarde Casertavecchia, quedándose
cristalizado en su carácter medieval. Excepcional la Catedral acabada
en 1153, de estructura benedictina y formas románicas de tipo normando
árabe, mientras del Castillo sólo quedan las ruinas y el
torreón querido por Federico II alto 30 metros, en aquella época
el más grande de Europa.
Alrededor de la casa de los Borbón, nació una especie de
competición entre los aristócratas para estar lo más
cerca posible a los reales hasta en sus desplazamientos. Surgen esparcidas
villas y residencias de apreciable factura, que reproducen el estilo de
las moradas reales. Una de las más hermosas, pero antecedente al
Palacio real, es la Villa Guevara di Bovino en Recale,
frecuentada por lady Hamilton, todavía suntuosa y magnífica,
con el jardín a la italiana y los frescos realizados por los mismos
artistas de las salas del Palacio real de Caserta, como cristalizada por
milagro en sus formas dieciochescas.
Para adornar el Palacio Real se creó también una nueva manufactura
por la producción de la seda en las inmediatas vecindades del Palacio
real, en San Leucio. Ahí fueron realizadas directamente las tapicerías
bajo la dirección del Rey, único caso en Europa de una morada
real en una industria. Para huir de los deberes y del peso de la vida
de corte Fernando se refugiaba en San Leucio
que fue también un experimento de una sociedad de pares, con iguales
derechos, pero de esto, hablaremos más difusamente en el itinerario
de "Las Luces".
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